Una novela negra gana valor cuando el autor es un gran conocedor de la mente y sus laberintos; éste es un caso paradigmático, en el que con una trama bien urdida, una redacción llana, descripciones detalladas y unos diálogos ágiles que acompañan al argumento, hacen que la lectura de cada página se convierta en una invitación a progresar en el enjuague.
La acción transcurre en la Barcelona de los años ochenta y noventa, en el barrio del Raval, en una sociedad cambiante a causa del impacto olímpico. Los personajes son del todo verosímiles, bien perfilados psicológicamente. El peso pesado del pasado les lleva a la desesperanza y los aboca a un desenlace dramático. Interactúan en un ambiente en el que todo se hace conocido, casi familiar; el trasfondo muestra a la vez una ciudad y un ambiente que han quedado enterrados por la modernidad.
La novela cumple siempre la función de distraer, alcanza la atención del lector y es una nueva apuesta que se añade a la tradición humanista, literaria, de la profesión médica. Es necesario recomendar su lectura, a poder ser sin interrupciones; un fin de semana puede ser una gran ocasión.